FUÉ MÁS QUE UN SUEÑO.

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Anoche soñé contigo. Soñé que me abrazabas muy fuerte. Aún te siento entre mis brazos. Me dijiste que nos echabas de menos y yo, no supe que decirte.
Acerqué mis labios a tu oido y en un susurro te pregunté ¿ya estás con ella?, y tú, un poco pesaroso, me contestaste: Todavía no la he encontrado.

Me he despertado con la grata sensación de haber estado con él, pero a la vez me siento triste, porque los imaginaba ya juntos.

Sigue buscándola, seguro que pronto os encontrareis.
Un beso muy grande para los dos.

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NO ES UN ADIÓS, ES UN HASTA PRONTO.

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¿Que es la muerte? ¿Quién lo sabe? Nadie ha vuelto para contarlo.
Llegado ese momento, los que nos quedamos, tenemos dos caminos: sumirnos en la más absoluta tristeza, melancolía, desesperación y auto-compasión ó seguir viviendo con esos recuerdos maravillosos de la persona que nos ha dejado.
Yo, sin pensarlo dos veces, me quedo con la segunda opción, sin duda.
Sigo viendo tu sonrisa pícara, papá. Tu convencimiento de estar de vuelta de todo.
¡Razón tenías! Sacar adelante una familia numerosa, a la que solo veías los domingos, por la cantidad de trabajos extras que tenías, para que no nos faltara nada, tiene el mayor mérito del mundo. Te perdiste nuestra niñez sin pensarlo dos veces. ¿Como no quererte y respetarle con todo el significado de estas dos palabras?
Un tres de marzo de hace ya muchos años, perdiste las ganas de vivir. Tu hija del alma, Eva, nos dejó con 34 años, tras una penosa enfermedad. Me confesaste que ya no tenías apego a la vida y todo te daba igual. Recuerdo que fingí enfadarme y te reproché que yo tenía los mismos derechos a tu amor, como hija tuya que también era. Te quedaste blanco. No lo esperabas. Sentí mucha pena por ti, lo reconozco, pero era necesario hacerte reaccionar. Ni dos días tardaste en “adoptarme” en ese trocito de corazón que todavía conservabas.
Hemos sido uña y carne desde entonces. Te convertiste en los cimientos en los que edifiqué mi maltrecha nueva vida, y todo lo que hiciste por mi, no hay nada en el mundo con qué pagarlo.
Sé que aunque nos has dejado, eres muy feliz porque donde sea, estás, después de 24 años, con tu amada Eva.
Sé que nos quedó una conversación pendiente. Ya no importa. Me conformo con que horas antes me dieras las gracias por todo lo que había hecho por ti. Una y mil veces volvería a hacerlo.
Has sido el mejor padre del mundo, y me siento muy orgullos de haber sido tu hija. ¿Cono no echarte de menos si formabas parte de mi mundo? Pero, eso si, siempre con una sonrisa.
Te quiero mucho, papá.

Cita con ella.

LA CITA.

Hace más de 20 años que, el 26 de diciembre, tiene una cita con ella, para regalarle su presente por su cumpleaños. Al principio lo recibía de una persona, después lo compraba y luego volvió a recibirlo de otra. ¿Que más da? Lo importante es que es una rosa roja, como la sangre. Con el color que ya no tenía la suya cuando los dejó.
Este año tardará un poco en ir a verla. La enfermedad la tiene confinada en casa. Pero hasta que llegue el día, que sepa ella, que no la ha olvidado. Eso nunca.

DE PUNTILLAS.

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Esta era la historia de tres hermanas. La primera, muy deseada, era el tesoro de su padre. La segunda, también esperada, era el ojo derecho de su madre. La tercera vino por sorpresa, pero la acogieron con la misma ilusión que a las demás.

La más pequeña vivió siempre viendo ese favoritismo silencioso, al que no daba importancia porque ella era feliz igual.

Quiso el destino que a una temprana edad les fuera arrebatada la mayor de las hermanas, tras una desagradable enfermedad.

El padre dejó de desear vivir sin ella, aunque cada día seguía amaneciendo para él.

A los pocos meses el padre enfermó de gravedad y cuando en una visita de la tercera, le reveló que ya no tenía apego a la vida, ésta se enfadó mucho con él, y le reprochó su derecho, como hija, a ser querida de la misma manera que su hermana desaparecida.

El padre calló y bajó la mirada.

A partir de entonces, la tercera sintió como, tímida y silenciosamente, el padre la había adoptado en el trozo de corazón que aún conservaba.

Y pasaron los años. Y pasaron muchas cosas. La hermana pequeña siempre estaba allí. Pasara lo que pasara.

La segunda hija vio pasar su vida, inmersa en su propio egoísmo y para dolor de la tercera, empezó a aflorar en su relación con ella, una envidia enfermiza y lacerante.

La tercera, que pasó por la vida de sus padres como de puntillas, era la que les daba la mayor dosis de ternura en la recta final de sus vidas. Pero ya no era tiempo de nada. Solo dejarse querer por ella, que hasta que yo sé, era feliz solo por tenerlos y quererlos.